¡¡CÁLLESE!!


Eso me dijo, sin palabras, mi garganta. Una vieja lesión dijo “por aquí me colo” y desde el lunes ando con prohibición tajante de mi doctora de andar hablando por ahí. A eso sumemos que un día antes me mudé a mi nuevo apartamento, el cual aún no tiene internet y donde la señal celular tan firme como las nalgas del señor Barriga. Lo anterior es una receta para tener una semana de silencio obligatorio digna de algún monasterio, claustro o voto especial religioso.

Para un comunicador esto puede ser particularmente estresante, particularmente cuando, estando sin deber hablar, como dije, la semana se vuelve “Semana de la Ley de Murphy” y todo comienza a salir mal.

¡¡En esos momentos en que la ley de la razón prácticamente manda el sacar el diccionario de maldiciones en arameo y uno sin hablar!! Sobra decir que pasé por varias fases, desde la muy conocida “dénme algo para reventar contra la pared”, hasta la más evolucionada “respiremos… todo va a salir bien.”

Pero así, a la fuerza, hasta el más testarudo entiende y, poco a poco, filtrándose por entre la densa chicha que se me petrificaba sobre el cerebro, algunas enseñanzas sobre el silencio comenzaron a hacerme señas. No me malentiendan,no fue ninguna iluminación, ni siquiera un estado sublime de nirvana, no. Al principio era como escuchar a alguien tan ronco como este servidor, intentando pedir la palabra en media sesión de chismes de oficina. Pero lentamente, quedándome a solas conmigo mismo, me vi forzado a escuchar. Y escuché.

Escuché, en primer lugar, que tenía demasiado tiempo de no ponerme atención. Aferrado a cumplir con el día a día, tenia los sentidos afilados al máximo, prestando atención al mínimo detalle, menos a lo que me ha ido pasando por dentro. Y resulta que no es cuento, díganle instinto, intuición, voz interna, niño interno, o cualquier otro calificativo; todos tenemos “algo” por dentro que nos intenta contar algo, pero el mundo es muy ruidoso y le prestamos mucha atención.

Los recuerdos siguieron llegando como en procesión. Me acordé de un autor que dijo una vez, que los humanos somos los bichos más egoístas del mundo. Como prueba, dijo que una conversación, no es otra cosa que un par de personas esperando interrumpirse mutuamente. Con eso en mente (y de nuevo, sin poder interrumpir), comencé a prestarle atención a la gente que conversaba alrededor mío. ¿saben qué? ¡Es cierto!!

Observándolos mejor, personas que parecían conversar amenamente de repente cambiaban ante mí. Se les veía la tensión por esperar a que la otra persona dijera la penúltima frase, de inmediato saltaban con la suya y así seguía el intercambio. Días más tarde, en un café, pude ver a una pareja conversando de verdad…y el cambio era como para grabarlo y estudiarlo; ambos enlazando perfectamente la idea del otro, complementando lo hablado. No pude evitar pensar que para ellos, esa noche y esa conversación iban a vivir mucho tiempo, a salvo en sus respectivos recuerdos.

En este punto. Todo comenzó a cambiar radicalmente. A la fuerza recordé escucharme y a la fuerza recordé esas pequeñas cosas de una conversación. El siguiente paso, que se dió tan naturalmente como respirar, fue el recordar escuchar. La urgencia por aportar, por conversar, no desapareció, pero sí noté  (y con mucha sorpresa), la cantidad de momentos en los que, de haber tenido mi voz intacta, habría saltado a interrumpir a la persona antes de que terminara su idea, ya fuera para completarla yo, o para rebatirla. Esos segundos extra que no hice nada sirvieron, en más de una ocasión, para notar que la otra persona tenía una idea fresca  que , tal vez, yo no había contemplado.

Un señor amigo mío pertenece a la orden de los monjes benedictinos. Recuerdo que en una ocasión me comentó de cuando pasó un par de años sumido en un voto voluntario de silencio. Cuando le pregunté cómo había hecho para no volverse loco, me contestó sonriente que esos habían sido algunos de los años más felices de su vida. No quisiera jamás tener que pasar por eso, pero no puedo ni siquiera imaginar lo que una persona como él logró entender en dos años de contemplación.

Poco a poco mi voz regresa y me alegro muchísimo, pero me queda esa sensación similar a la que lo invade a uno a los días de no tener celular… y notar que el mundo no se acaba, de no tener cable o internet… y redescubrir otras maneras de “navegar” por el mundo. Me gustaría no volver a dejar de escucharme, puede ser peligroso y si nada me vuelve a interrumpir, esa mala maña podría continuar durante años.  Al final, también recordé una frase que mi mamá de dijo una noche, cuando recién me enseñaba a leer: “La palabra es de plata, pero el silencio es oro.”

Hablemos bien, escuchemos un poco mejor.

-Walter Campos

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14 comentarios sobre “¡¡CÁLLESE!!

  1. De todo debe aprender uno ¡Excelente análisis!

    Esta frase me llamó la atención:

    “Una conversación, no es otra cosa que un par de personas esperando interrumpirse mutuamente.”

    Muy acertada, al final podrá uno sentirse feliz por haber dado la última opinión, pero luego nos damos cuenta que una conversación constantemente interrumpida difícilmente lleva algún lado.

    Se disfrutan más las conversaciones en la que una misma idea se desarrolla entre las opiniones de quienes participan. 🙂

    Saludazos.

  2. Excelente… me hizo pensar mucho. Lamentablemente aunque conozco el gran valor del silencio, no lo pratctico tanto como debería. Gracias Walter…muy buen post

    1. Gracias Miguel, Siento que, al final , más bien se trata de un balance. Que lo que uno diga no sea dicho de forma tan fuerte y necia, que nos hagamos zancadillas a nosotros mismos. Gracias por opinar!!
      -W

      1. Envuelve todo el significado de zen y caos. The two sides of the coin. La contemplacion y la frustracion interna que muchas veces no escuchamos y que verdaderamente tiene un significado mas alla de lo que podriamos imaginar.
        Muy buen post.

  3. Excelente como siempre. Walter, no sólo los monjes, o cuando te quedás afónic@ uno aprende a escuchar, las mujeres muchas veces guardamos secretos tan enormes en el corazón que dejamos de escucharnos a nosotras mismas, y empezamos a analizar a los demás para ver si realmente vale la pena que escuchen a cuenta gotas nuestro interior..

    Por eso las mujeres más divinas se ponen gorditas, rosaditas y chiquititas con el tiempo, porque están tan llenas de oro que ni la gravedad resiste el peso de tanto secreto.

    Este artículo me hizo reflexionar mucho.

    Gracias!

  4. A la puta! Que cierto y que sabia tu Mami. Ese silencio que a veces nos cuesta tanto encontrar vale oro……..crecer, aprender, escuchar….

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