Lo que esconde el cursor


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Una página en blanco que produce vértigo. Lo único en la pantalla, es un cursor que parpadea de forma educada, pero insistente. Casi puedo ponerle, en mi cabeza, el sonido de un taconeo nervioso, cortesía de algún estereotipo de severa bibliotecaria imaginaria de principios de siglo 20. Ella, ubicada a mis espaldas, miraría por sobre mi hombro el blanco vacío de un espacio sin letras; su taconeo pedante, me urge a escribir, mientras viola su propia regla de ejercer el silencio estricto en esta capilla de lectura.

Con una breve sacudida de mi cabeza, borro la imagen mental de esta bibliotecaria maldita del tercer Reich. Debería poder concentrarme mejor para escribir, me digo en susurro.

De repente, por encima de la esquina superior izquierda de mi pantalla, se asoman unas garras filosas y, tras ellas, una mueca asquerosa,

A veces se aparece...
A veces se aparece…

colocada en un rostro, que parece producto de una noche de ebria pasión, entre cualquier troll de los antiguos mitos y una de esas mujeres-sanguijuelas-rostro-de-botox, que pululan por los oscuros rincones de los “reality shows” de moda. Se trata de la culpa. La culpa por no escribir tanto como debería. La culpa auto impuesta, que me dice con su voz rasposa de mierda, que con qué cara dejo abandonadas mis letras, si digo que las quiero tanto. Podrá ser fea, pero es inteligente, sabe qué cuerdas tocar. Pero sé que también tiene vida propia, crece rápido, como los hongos en un zapato descuidado, dentro de un ropero húmedo.

Lanzo un hijueputazo certero, como flecha envenenada. Mi lengua tiene buena puntería y la culpa cae muerta a los pies del teclado. Le clavé un “dejáme tranquila, que ya estoy escribiendo”, justo en medio de sus 3 ojos… y medio.

El cursor sigue allí, parpadeando… ¿qué mensaje repetirá, sin yo saberlo, en clave morse? Al rato está allí, gritando una “W” eterna, como si me estuviera llamando. Que egocéntrico. Tal vez, lo que me quiere decir, es la clave de la felicidad universal. Tal vez, el cursor no parpadea a una velocidad uniforme. Quizás, pienso, tiene infinitesimales variaciones de ritmo, sutiles cambios imperceptibles al ojo humano, a las que nadie le ha sabido poner atención. No, mejor aún, es una llamada de auxilio desesperada, proveniente del ingeniero que diseñó el sistema. Lo tienen retenido en un calabozo, escribe código, mientras lanza al ciberespacio mensajes ocultos en el aparentemente inofensivo parpadear del cursor. Lamentablemente, hay más burócratas insensibles, estudiantes apresurados y periodistas trabajólicos en el mundo, que escritores sufriendo de bloqueo mental, en el preciso momento, en el que el ingeniero cautivo lanza su mensaje de auxilio.

dungeonEl ingeniero seguirá en el calabozo, decido no creerle al cursor, o le creo, pero no le comprendo, escribo algo para moverlo y la llamada de auxilio es atropellada por vocales y consonantes, en su carrera hacia la derecha de la página.

Lo que escribo, es una aburrida frase cualquiera. Un lugar común. Tan común que vestiría de traje café barato y sin mayor trascendencia. Sería del tipo de persona, que cualquiera olvidaría, apenas sus ojos le abandonaran. Un hombre de edad y profesión indefinida, tan aburrido, que induciría al interlocutor a sufrir de la misma capacidad de memoria que un pez; cualquier frase, cualquier mueca, cualquier olor que proviniera de él, no duraría vivo más de dos segundos, en el salvaje oeste que es el cerebro de cualquier humano estresado del siglo 21.

Borro la frase. La página queda en blanco una vez más. El cursor sigue parpadeando, de forma bastante regular la verdad. Ninguna garra se asoma por las esquinas de mi pantalla. Tampoco hay culpa, adrenalina, ni vértigo inducido por la eternidad de la página vacía. En lugar de lo anterior, hay una especie de agudizar de los sentidos. El torrente de ideas, la estampida de personajes, ya pasó de largo, en su lugar, sobre la tierra recién pisoteada, ocurre algo. Algo germina. Una posibilidad. Me inclino sobre el teclado, para ayudarla a nacer…

– Walter Campos

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8 comentarios sobre “Lo que esconde el cursor

  1. Que hermoso relato…disfruto la facilidad y la frescura con que transporta al lector a su ser más íntimo.
    Hoy, un cursor. Ayer,una tecla, un lápiz….lo que sin duda, permanecerá por los tiempos es esa página en blanco. Imagino al gran Camús, al genial Borges, al mágico Gabo y al maravilloso Bolaño tras la estampida de sus personajes….y a la espera de una posibilidad que germina.

    Felicidades!
    Saludos,

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