Imagen tomada de aisicha.com

Imagen tomada de aisicha.com

No lo voy a negar, así que lo voy a decir de primera entrada: lo primero que me llamó la atención del grupo de mujeres que entró al lugar donde yo almorzaba aquél día, fue sus piernas. Culpable señor juez; desde que tengo uso de hormonas  de esas que afectan la razón, las piernas femeninas han sido capaces de cambiar la velocidad de la realidad a una especie de cámara lenta digna de la escena más estereotipada. En este punto y dados los tiempos que corren, la idea de aclarar que las piernas no es lo único que admiro de una mujer me hace cosquillas en el cerebro, pero la voy a dejar tranquila. No me pienso disculpar por admirar algo que por naturaleza, me parece hermoso, atractivo y digno de observar desde cualquier punto de vista.

Las piernas en cuestión, eran largas, ejercitadas y con la piel brillante y sana que brindan los ejercicios, los cosméticos, la nutrición o un pequeño ejército de dermatólogos dedicados a producir resultados empeñados en competir con el photoshop. 4 amigas las lucían, tres de ellas con vestidos y enaguas cortas y flojas, de tela lo suficientemente llamativa, como para encargarse de atraer la atención de quien, por alguna razón, no hubiese notado antes sus extremidades inferiores. La cuarta, usaba ropa de gimnasio y llevaba de la mano a una niña muy pequeña, quien claramente no llevaba mucho tiempo de estar caminando por el mundo en dos piernas. Parecían, para resumirlo, cuatro amigas sacadas de esa serie innombrable de películas, en donde las marcas de zapatos y los martini son religiones que justifican el asesinato de todo lo que sea más profundo que lo que pasó en la cita de anoche.

Una ventaja de almorzar sólo en ocasiones, es que se pone una atención especial a los demás y eso, es una divisa

Somos el filtro de su mundo. foto por Claire Conybeare-Chinchilla

Somos el filtro de su mundo.
foto por Claire Conybeare-Chinchilla

valiosa para quienes mercamos, trabajamos y disfrutamos de la creatividad. Un famoso director de cine dijo una vez en una entrevista; que la fama era lo peor que le podía haber sucedido, puesto que lo convertía en el centro de atención donde quiera que estuviese, en lugar de ser él quien espiara a los demás. Es comprensible, al observar con cuidado, nacen historias, cuentos, ideas, novelas, artículos… y posts para blogs como éste.  Y así, de observar unas lindas piernas, pasé a ver lo que sucedía en la mesa de sus dueñas. Éstas conversaban animadamente, mientras la pequeña registraba el lugar con esos ojos líquidos que tienen los niños, como cristales puros por los que la vida entra como si fuera luz, junto con lo malo y lo bueno. Pasaron los minutos, y más bien me pareció que la niña era demasiado bien portada. Sé de muchos otros niños de su edad que con tan sólo un rato sin recibir atención, ya habrían comenzado a competir contra el mundo con todo el sonido de que fueran capaces de producir sus jóvenes pulmones.

No sé si por algún instinto materno propio, o por notar la “soledad en compañía” de la pequeña, pero sucedió que, mientras limpiaba la mesa continua, una de las meseras del lugar le guiñó un ojo a la niña. La chiquilla reaccionó sonriente, y entre las dos hubo un momento de silenciosa complicidad. La mesera terminó de limpiar y fue a recoger una orden para una mesa vecina. La niña la siguió con la mirada, y cuando la mujer volvió a pasar, fue la pequeña la que imitó el guiño de ojo lo mejor que pudo. Esta vez fue la adulta quien soltó una risa espontánea, antes de perderse entre las demás mesas del lugar. La niña la siguió con la mirada mientras pudo; cuando no vio más a la mesera, sus ojos volvieron a fijarse en el techo, la decoración, los rostros de los demás clientes… hasta que dos manotazos secos y rápidos sonaron en su mesa, justo frente a sus pequeños brazos:

– “¡Coma, coma!” –  le ordenó con aspereza una de las amigas de su madre, mientras la veía con severidad. La mamá apenas la miró de reojo, mientras continuaba su conversación con las otras dos ocupantes de la mesa. La niña no comprendía, sus ojos delataban la pregunta que yo también me hacía al ver aquello: ¿Por qué hablarme de esa manera? No contenta con esto, la joven se inclinó sobre la pequeña y le dijo, en el mismo tono amenazante:  “Vea, si no se come la comida, viene esa señora de la bolsa y se la roba. ¿Me oyó? Esa señora se roba a las chiquillas que no hacen caso”.

Propiedad de La Viejilla del Saco... o de una inocente mesera.

Propiedad de La Viejilla del Saco… o de una inocente mesera.

La niña (y yo desde mi mesa), seguimos la trayectoria de la mirada de la joven regañona, a través del local, hasta encontrar a la señora “que se roba a las chiquillas que no hacen caso”. Era la mesera que hacía minutos había compartido guiños y sonrisas con la pequeña; en ese momento, la joven trabajadora del local, sostenía en sus manos la gran bolsa negra de basura en la que estaba vaciando uno de los basureros del restaurante. La cara de la niña se apagó, vio la bolsa negra, luego la cara de la amiga de su mamá, quien le sostuvo la mirada, como para darle la última estocada a la incredulidad de la pequeña.

-“Si, en esa bolsa las mete.” dijo con gravedad.

La niña bajó la mirada y comenzó a comer. El grupo de amigas volvió a sus charlas sobre quien sabe qué, y la mesera terminó de limpiar los basureros. Momentos más tarde, ésta volvió a caminar por la mesa de las jóvenes y, tal como hiciera las veces anteriores, le sonrió a la pequeña. Esta vez, la niña abrió los ojos asustada y escondió la cara contra el brazo de su mamá, quien pareció no notarlo.  Vi en la cara de la mesera una sutil mezcla de extrañeza, una fracción de arrepentimiento quizás y después, algo que definitivamente puedo catalogar como tristeza. Luego siguió su camino hacia lo que fuera que la necesitaran en la mesa de más adelante.

Si bien es cierto que vivimos en un mundo peligroso, en el que hay que entrenar a los niños para que suban sus defensas ante los peligros potenciales,en ese momento no pude evitar preguntarme exactamente cuántas murallas es sano construir, antes que la suspicacia y el temor nos quiten poco a poco nuestra humanidad. Sentí que, de alguna manera, había presenciado un robo aquella tarde. A la niña y la mesera, les habían robado de uno de esos momentos en los que uno conecta con un extraño y deja de lado la antigua advertencia de no aceptarle confites, para descubrir algo de bondad en quien uno no conoce. Me pregunto, si la niña reaccionará igual que antes cuando la siguiente persona intente interactuar con ella, o si por el contrario, sólo le dará a la gente el mismo grado de atención que su madre y sus amigas le brindaron a ella aquella tarde. ¿Bueno, malo?  ¿Hasta dónde llega la precaución y dónde comienza el volvernos impermeables ante todos aquellos a quienes no conocemos? Les dejo la pregunta.

Las jóvenes terminaron su comida y se levantaron. La chiquilla, de nuevo, de la mano de la madre. Recuerdo haberme pregunto qué pasos irá a aprender. Aún mientras escribo esto, estoy pensando sobre la misma pregunta que les acabo de hacer. Por encima de si algo es bueno o no, está la manera en la que le presentamos el mundo a quienes lo están estrenando. Sobre este respecto, sólo recuerdo que, para entonces, me valió un carajo un grupo de piernas bonitas.

-Walter Campos

¡No lea este libro!

¡No lea este libro!

Este libro que tengo en la mano, es un libro que instantáneamente, le teñiría las canas de un color verde vómito, a padres y maestros. A la par, tengo uno que, de acuerdo con varias instituciones religiosas, tiene cierto tufo a azufre, además de la capacidad de mandar a mi alma en un bus express al carajo, con una única parada en ese lugar en donde, por pura diversión, hay diablillos chingos y rojos punzándole los genitales a todos con tenedores largos y afilados.

Que no se me olvide, hechos un sándwich, entre esos dos, hay varios libros más que, sin ningún orden en particular  causarían: una hinchazón de hemorroides a ciertos grupos pro libertad de expresión, un furioso tic en el párpado a todos aquellos con tendencias políticas de izquierda y por qué no, una rasquiña marca diablo en cada centímetro cuadrado de la piel de muchos que se consideran el non plus ultra del buen gusto literario, dicho en tico, la última chupada del mango, en lo referente a cultura y sentido artístico.

Detrás de cada vez que a uno le puedan decir: “No lea este libro”, hay un interés particular. Quienes le pronuncian a uno ese “No” rotundo en la cara, así en cámara lenta y todo, no quieren que lo que haya en ese libro, germine en nuestro cerebro y, de alguna manera, eche raíz en nuestra forma de pensar, de ver el mundo y, en última instancia, de actuar.

No digo que cada persona que pretende evitar que un libro llegue a hacer nido entre nuestras manos, vista botas de cuero alto y haga el paso de ganso al marchar, mientras grita “¡¡Hail Reprrresionn!!”; puede haber buenas intenciones detrás de ese deseo de que no nos vayamos de turistas entre los párrafos y páginas alguna obra en particular; pero definitivamente, eso de construir una muralla entre una persona y un libro, no es casualidad. Por alguna razón, quieren quemarnos el pasaporte e impedirnos el viaje.

Tampoco lo más descarado que se haya escrito...

Tampoco lo más descarado que se haya escrito…

No es algo nuevo, se los aseguro. Por cada persona que se desde hace un par de años se desgalilla gritando cómo, a causa de las 50 Sombras de Grey, la sociedad se va a descarrilar por el precipicio de la lujuria, hubo 10 o 20 a finales del siglo 18, a los que les quiso dar un angor pectoris cuando el Marqués de Sade publicó sus trabajos, cada página de los cuales  chorreaba, no sólo sexo, sino un descarado dedo medio levantado hacia todo lo que la sociedad consideraba normal y decente.  Por cierto, a manera de anotación breve, cualquier aventura sexapilosa de esa trilogía, parece un cuento infantil narrado por la más dulce de las abuelitas, comparada con estas otras obras viejas de hace un par de siglos. Sólo decía. No se crean que, por ser

Marqués de Sade

Marqués de Sade

de este siglo 21, somos los más atrevidos, vanguardistas y revolucionarios. (Adjunten caricatura de teen princess, en meme si quieren, con texto que rece: “¡Cómo! ¿No somos doña toda los de esta época?” Esteeeee, nop. Para nada) Sigamos.

Tampoco es algo exclusivo del pantanoso terreno del “decoro y las buenas costumbres”. Jadeos y sudor aparte, muchos otros libros se han querido prohibir o regular, no tanto por su contenido carnal, sino por sus ideas sobre cómo deberíamos vivir nuestras vidas. En eso, todas las religiones institucionalizadas tienen un admirable currículum, lleno de intentos creativos y drásticos sobre cómo hacer para que X o Y libro “nefasto”, no desvíe al rebaño del camino más compatible con lo que ellas piensan que debería ser “una buena persona”. Así, si un libro perteneciente a otra fe que no es la nuestra, se nos atraviesa en el camino (sin importar que hayan sido nuestros santos ejércitos, los que se “atravesaron” en medio del país de otros), no era nada raro que dicha obra terminara siendo abono orgánico, ceniza o excusa para mandar a alguien de una vez por todas al otro lado.

Pero antes de que a más de un anárquico le entren ganas de salir en carrera a prenderle fuego a la sotana de algún sacerdote (con todo y sacerdote dentro de ella), o a un imán musulmán, o a un monje budista para tal efecto; es preciso aclarar, que no todos los libros son las víctimas de la historia. Como si fuera una película de Fincher, muchas veces quien hace más carita de “soy una pura ternura”, es en realidad, la fruta podrida de la cosecha. Hay libros que pretenden elevar a una raza por encima de otras, libros que enseñan cómo deshacerse de las mujeres por brujería, tomos completos dedicados a probar el por qué las preferencias sexuales de alguien, lo hacen digno o digna de ser echado de esta sociedad con un patadón “this is Sparta style”. Si, no todos los libros son “inocentes”, si se desea usar una palabra ambigua y manoseada.

El asunto es, ¿qué hacer con estos libros a los que les ponen una gran capucha encima que dice “No Leer”? Mi humilde opinión: leerlos. Siento que en pocas ocasiones es tan importante tener una opinión propia y bien fundamentada, como cuando un grupo, cualquier grupo, une esfuerzos para evitar que uno hunda las narices en las páginas de una obra literaria.

– “Que mirá, es por tu propio bien, no queremos que leás esta bazofia.”

Pues gracias por menospreciar mi capacidad de juicio y de tener mi propia opinión. No me cuente la película, no me tiña el libro con su forma de ver las cosas, déjeme remojar mi propio cerebro en lo que el autor o los autores querían decir.

Al final, si a uno se le llena de ampollas la epidermis por la rabia de lo que acaba de leer, pues bienvenido sea el sentimiento  de ahogo, ahora será más fácil tomar partido en pro o en contra de lo que “se dice” por ahí. Asomarse a la mente de un enemigo, de alguien con quien uno no quisiera compartir ni el mismo aire del ascensor, también es útil, pues conviene saber a qué ideas nos enfrentamos.

Y si hablamos de mentes jóvenes, más provechoso sería, que los padres, profesores o encargados, se tomaran en serio la tarea de servirles de guías turísticos entre cada renglón; para luego escucharlos, hablar como la gente y hacer un poquito eso que llaman crianza.

– Walter Campos

Muchas Gracias

Muchas Gracias

Gente increíble ha escrito durante mucho tiempo sobre el cambio, así que no vamos a descubrir el zacate verde ni nada, repitiendo cosas como: “Todo, cambia. Lo único constante, es el cambio. Lo que no cambia no progresa, lo que no se mueve se hace pelotas…”

 

Pero sí puedo hablar con propiedad sobre mí cambio. Durante los años que tuve el honor de formar parte del equipo de Buen Día, aprendí lo que sólo nos enseña la universidad de la vida. Esa “U” , por cierto, existe; más allá de libros, cursos y tablets; sus lecciones nos pueden quedar tan claras, como si nos las hubieran inyectado en las neuronas, o tan enredadas, como si el legendario “maestro Po”, nos las hubiera dictado en arameo antiguo y estando borracho.

 

Pero volviendo al cambio reciente. Estando en Buen Día, tuve el chance de aprender de cosas más variadas, que las opiniones en redes sociales durante un escándalo nacional. En serio. ¿En dónde puede uno preparar, para el mismo día, un reportaje de robótica y uno de ginecología? ¿Cuándo me hubiera tocado, escribir el guión de la entrevista que le realicé a algún ganador del Oscar, abrir un segundo documento y, sin más, preparar otro guión, en donde me morí del disfrute, al entrevistar a un agricultor de esos de pura cepa? Solo teniendo este trabajo (como lo sabrán muchos colegas), y aún más en un programa como este.

Este programa me permitió conocer la Costa Rica que existe más allá de una azucarada campaña turística y también al país que se aleja del amarillista suceso o escándalo. Les comparto, que hacerlo me hizo enamorarme mucho más de mi país, de mi pueblo y de mi gente. Es un amor más maduro, consciente de lo bueno, lo malo y lo regular. También, me enamoró aún más, de esto de poder compartir con los demás, tantas historias, anécdotas y cosas raras, que no alcanzan en programa, blog o libro alguno. Por eso y mucho más, estoy agradecido.

Ahora se vienen los cambios. Cuando confían en uno para un trabajo que requiera arrollarse las mangas, es cuando uno dice para sus adentros: “Puta, algo habré hecho bien para que me tengan este grado de confianza” . (si, el putazo aplica, sabe rico e ilustra bien esa sorpresa que uno siente). En este caso, el cambio y la confianza, radican en pasar a formar parte del programa 7 Estrellas. No me corresponde contar los cambios que vienen, o que se desean para este espacio, ya veterano de la televisión nacional, pero sí les puedo decir…diay, soy de los que ve la montaña y se frota las manos, al pensar en lo mucho que se puede disfrutar viendo cómo cuernos se va a escalar eso. Eso es lo rico y lo emocionante. Ya los demás compañeros de este espacio se me adelantaron y, desde hace unas semanas, se encuentran trabajando arduamente, para ofrecer un mejor producto, uno que sabe que las cosas ahora son muy diferentes, que la gente exige más y lo que salga al aire en televisión convencional, tiene que dar la talla, frente a un público que también se mueve por redes, cable, etc.

La información sobre entretenimiento, estilos de vida, cultura moderna, viajes y arte, puede (y debe) también ser de calidad, edificante, positiva, entretenida y servir para que todos tengamos una idea clara de lo que sucede también en ese ámbito. Me alegra compartir ese criterio con un grupo entusiasta de trabajo que le está poniendo bonito a ser mejor cada día y noche que pasa.

También, me permito dedicarle más tiempo a mis otras pasiones, tengo más libros por delante y ese es otro cambio del que puedo escribir hasta cansarlos (por que dudo que me canse yo de hacerlo). Pero eso, a su tiempo.

Por ahora, quiero agradecer a todos los que me han brindado su apoyo, su crítica sana y su aliento; también, quienes confiaron en mí para estas responsabilidades pasadas y futuras. Trillado, pero cierto, lo que no se mueve…ya saben el resto. Así que mejor moverse y no dejar de hacerlo, hasta que desde arriba le toquen el hombro a uno y le digan: “Ya, es hora de irnos.”

 

Nos vemos.

Walter Campos

Screen Shot 2014-10-12 at 12.04.50 PM“Los homosexuales son unos idiotas”, “los cristianos son unos fanáticos” y “los usuarios de redes sociales, tienen mentalidad de manada”.

 

Escrito en serio, este trío de frases podría desatar, desde un rosario de “comments” más largo que las opiniones sobre la salida (o entrada) del closet de alguien de la farándula, hasta amenazas contra mi integridad física.

Pero si yo escribo, por ejemplo, que los Roggs (raza de alienígenas del planeta WTF) son unos idiotas, que los Jekuas (robots de mantenimiento del futuro) son unos fanáticos, o que los de mentalidad manada son los Sökals, clones de una galaxia lejana… pues, podría recibir insultos de otro tipo, no se, alguien enojado por que no escribo sobre pleitillos entre pero difícilmente, alguien se rasgaría las vestiduras en foros digitales, o reales, para defender el honor de estos aludidos grupos ficticios.

Rod Sterling y su "Dimensión Desconocida"

Rod Sterling y su “Dimensión Desconocida”

Eso, es oro puro. Al menos así lo descubrió alguien llamado Rod Sterling, creador y escritor de una legendaria serie de TV, llamada “La Dimensión Desconocida”. Aunque hoy, sea popular y hasta lógico, el apoyar causas como: la equidad de géneros, la abolición del racismo o el trato igualitario para personas de distinta orientación sexual; en la época de Sterling, allá por los años 50, lo correcto, era alinearse con lo que fuera que el gobierno norteamericano dijera. De hecho, alguien a quien se le oliera el más ligero tufillo trosco-comunistoide, iba a parar, con sus sandalias y bolsito de manta, a alguna cómoda cárcel del sótano del Tío Sam. Cientos de artistas, se veían forzados entonces, a comprometer su trabajo para ajustarse a ciertos criterios, so pena de verse incluidos en alguna lista negra de gente a la que “había que tenerle cuidado”.

Pero resulta, que a Sterling lo que le gustaba, era escribir sobre racismo, temas polémicos, discriminación y esas cosillas tan incómodas. En algún momento descubrió que, si la lección del capítulo era, “seamos amigables y no discriminemos al homosexual”, a él le caería encima la omnipresente oficina de censura. Pero si la moraleja de la historia era, “aprendamos a ser tolerantes con el extraterrestre de ocho patas que cayó en el barrio, a pesar de nuestras diferencias”, a nadie le importaba un carajo envuelto en huevo. Así, comenzaron a salir excelentes guiones de ciencia ficción, o sea, según los censores, estupideces que nadie veía con atención. Algo así como el equivalente a ponerse a escribir hoy un manifiesto en Hi5. ¿Qué es Hi5? Revisen la prehistoria de las redes sociales.

Gracias al camuflaje de “cosa sin importancia”, es que, si se sabe mirar bien, verán que hay obras de ciencia ficción, que tratan con algunos de los temas más fundamentales del mundo, y lo hacen justo por debajo de las intolerantes narices de millones de incómodos del mundo. Gran parte del público general, tampoco ve más allá de los robots, láseres y vampiros galácticos de estos libros, cómics y películas que son realmente profundas. (Obvio, como en todo género, también hay mucha mierda, digo) .

Screen Shot 2014-10-12 at 12.06.12 PM

Recientemente, topé con la suerte de chocar de frente con una de estas obras. Curioseando una librería de aeropuerto, un libro color naranja con manchas de sangre, prácticamente me cacheteó para volverlo a ver. Se trataba de “Guerra Mundial Z”, de Max Brooks. Si, el mismo de la película de zombies de Brad Pitt. Como siempre, me da curiosidad el comparar qué tanto difiere la película de la obra literaria, así que comencé a ojearlo. De inmediato, me di cuenta, de que para la gran pantalla, se dejaron la sangre, las carreras y ya. Lo que tenía entre manos, era algo muy diferente.

Inspirado por el libro “La Buena Guerra: Un recuento oral de la Segunda Guerra Mundial”, de Studs Terkel, “Guerra Mundial Z”, es una serie de entrevistas con los sobrevivientes de la lucha contra los zombies. Un supuesto funcionario de las Naciones Unidas, se dio a la tarea de entrevistar a soldados, prisioneros, doctores, celebridades, científicos y una larga lista de tipos de personas, sobre su papel en el conflicto.

Sólo empezar así, era lo suficientemente original, como para hacerme comprarlo.

Resulta que, la epidemia de los zombies, puede ser comparada con cualquier epidemia que azota nuestros queridos países del mundo real. Así como al SIDA le llamaron “El Cáncer Gay” cuando comenzó a hacer de las suyas entre esa población durante los años 80’s; la epidemia de Zombies, en el libro, recibió el título de “La Rabia Africana”, junto con un tratamiento igualmente ignorante. Así, lo que pasa con las grandes enfermedades de la vida real, sucede con el ataque de estos ex -humanos en el libro: especulación, enriquecimiento de las compañías farmacéuticas a causa del miedo, coyotes pasando gente de forma ilegal por las fronteras (que a su vez, esparcen la infección)…

Pero lo realmente aterrador del libro, no son las escenas de cerebros y sangre haciendo una pintura abstracta sobre las calles de las ciudades en guerra, no; lo que me provocó pensar, y pensar en serio, fue un escalofriante toque de surrealismo, pues comencé a ver lo que leía en las páginas, reflejado en las noticias que veía en mi propio televisor. Les explico.

 

Screen Shot 2014-10-12 at 12.07.05 PM¿Ustedes han visto, cómo en las películas, siempre que el primer zombie se almuerza al primer infeliz en la pantalla, el mundo entra en estado de alerta, más rápido de lo que un programa de chismes, comienza a lanzar teorías sobre lo que “de verdad pasó entre fulano y fulana”? ¡Obvio que va a ser así! ¡Son muertos que caminan, por la grandísima! Cuando en “Guerra Mundial Z”, se da la noticia de los muertos vivientes y esto del pánico general NO sucede, uno se huele que algo anda mal (aparte del pequeño detalle de que los humanos nos convertimos en un almuerzo “bufé”, digo). Nada pasa, la vida sigue igual, y resulta que la culpa, la tuvimos los periodistas. ¿Cómo así?, pregunté casi en voz alta. Resulta que, desde hace años ya, y en virtud del todo poderoso rating, tenemos acostumbrado al público, a alguna gran y terrible enfermedad de moda: la gripe aviar, el SARS, el H1N1… y la lista sigue. Esto dura de 6 meses a un año y luego pasa de moda. Sencillo, la gente está acostumbrada a este tipo de apocalipsis y fines del mundo, luego nada pasa y la vida sigue igual.

Gracias a esa colaboración de la prensa, es que, en “Guerra Mundial Z”, al anunciarse que los cadáveres de las queridas tías Mildred del mundo, podían volver de la muerte para meterle un ñangazo a sus sobrinos predilectos, nadie hizo mayor cosa. Era una noticia más.

El día que comencé a leer del libro, lo hice mientras veía un reporte en CNN sobre el virus del ébola en África y de cómo la gente comenzaba a huir de las regiones en donde se detectaba. Nadie de este lado del océano movió un dedo para cargar el carro con provisiones e irse a refugiar a alguna cabaña de montaña.

Mientras terminaba de leer los últimos capítulos, se escuchaba, en el televisor de la sala, el descubrimiento del primer caso del virus en Inglaterra.

Mientras cerraba el libro por última vez, luego de terminarlo, las grandes cadenas relataban la primera muerte por ébola en Estados Unidos…a un par de horas en avión de donde yo me encontraba. Aun ninguno de mis vecinos me llama para decirme cómo íbamos a protegernos.

Esta mañana, antes de escribir este post, leí en un periódico nacional, que el ministerio de salud confiesa no tener un plan de acción claro, en caso de que la enfermedad llegue a nuestro país.

Y fue entonces, cuando “Guerra Mundial Z” se convirtió en un verdadero libro de terror. Con el permiso de escribir sin que nadie se lo tomara en serio, Max Brooks le sacó una radiografía devastadora, a la forma tan irresponsable e injusta en que, en este mundo real, lidiamos con las enfermedades. Mientras le pasa a un pobre fulano, en algún país del cuarto mundo, muy lejos de aquí, la cosa no sale del tele, ni del periódico. Una forma de actuar que me provoca preguntarme, ¿quiénes, realmente, somos los zombies de la historia?

 

– Walter Campos.

Zen y Caos, El Libro.

Publicado: julio 24, 2014 en Sin categoría
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Bueno, esta es la noticia que quería comentarles.

Desde siempre, he escrito, como lo dije en algún otro lugar del blog. Sobre todo cuando llegue a la universidad, eso de conocer gente tan diferente, proveniente de todo el país, corrientes de pensamiento nuevas, mujeres interesantísimas de esas que te abren los ojos ante la poesía que no habías leído antes, amigos con opiniones encontradas, profesores con mística, libertad, lejos de la estructura de las aulas… todo fue como un abono interesantísimo.

De repente, yo era el que, a pesar de la fiesta, la lluvia o el sol, andaba siempre un viejo cuaderno, gastado ya, en el cual escribía con tantas ganas ,como si me hubieran pagado un salario de futbolista europeo por hacerlo. Lo llené de poesía, le reventé los renglones de cuentos, de ensayos. Lo compartía con mis amigos de confianza y sentía que no tenia que sacar la nariz de ese mar increíble de palabras para respirar, al contrario; entre toda la loquera universitaria, la trasnochada y eso de vivir amenazando con romper el acelerador, escribir era un escape y un alivio.

El frenazo, en esto de escribir, comenzó al iniciar mi vida laboral “seria”. No fue con chillonazo de llantas, fue gradual, pero se dio . Durante un par de años, mis cuadernos, acumularon polvo. Luego, tuve la posibilidad de entrevistar al gran escritor mexicano Guillermo Arriaga y le dije que yo también escribía, pero como estaba tan atareado, lo había dejado de lado. La regañada fue firme; don Memo me dijo SU horario y aun así, tuvo tiempo para conseguir una nominación al Oscar por sus películas. Al entregarme una copia de su novela, la dedicatoria decía: Walter, recuerda que los escritores…escriben. Ah cachetada aquella. Inmediatamente abrí el blog para quitarme el herrumbre. Lo que vino, fue una jornada interesantísima de auto descubrimiento, que me he permitido compartir con todos ustedes. Son excelente compañía, por cierto. Asi, les entrego un sueño de toda una vida, un libro. Zen y Caos, en libro. Espero sea el inicio de un largo camino, por ahora, este primer paso, es formado por los posts que hemos compartido aquí en internet, el resto, bueno, espero sorprenderlos.

Mil gracias a todos los que han hecho esto, una experiencia extraordinaria. Les presento al nuevo miembro de la familia.

portada zen

 

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Imagen  —  Publicado: julio 23, 2014 en Sin categoría
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Mis papás me torturaron en el patio.

Publicado: mayo 26, 2014 en Sin categoría
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Screen Shot 2014-05-25 at 6.08.04 PMComienza el corte comercial y los dedos salen a bailar sobre el control remoto, como salsero matando fiebre en una fiesta en donde, hasta ese momento, habían puesto sólo heavy metal.

El zapping es todo un arte; si uno tiene memorizada la parrilla de los canales, pega saltos del canal veintialgo al cuarentaytanto, pasando por el ´ticinco y rematando con una breve visita a alguno de esos canales europeos, relegados a la posición ciento y medio; el equivalente al ático de los chunches de la oferta televisiva (ahí uno, o se topa siempre a un señor con cara de “odio hacer mi programa”, o sino verdaderas joyas de producción).

Un día de estos, no se por qué, el comercial que apareció en la pantalla, le hizo un foul a mi habilidad para hacer zapping; ¡pero qué digo foul, le metió un patadón con esteroides, digno de quebrar espinilleras, huesos e ilusiones de futuro futbolista!

Creo que fue algo familiar lo que vi, que me hizo dejar el pulgar a milímetros del botón del control remoto. Seguro fue ver a un chiquillo cargando una silla de playa parecida a la que yo una vez cargué cuando niño, no sé; tal vez, fue ver a la mamá llenando una canasta de típica “comida para playa”. En pantalla, apareció una familia lista para el paseo, pero la alegría, les dura menos de lo que tarda en llegar un madrazo a quemarropa, cuando uno no avanza apenas el semáforo se pone en verde. Todos y cada uno, se detienen y ponen aquellas caras de “te vamos a matar”, dirigidas al papá del comercial quien, obviamente, es una caricatura de padre fracasado, con cara de perdedor, de tonto que no sabe qué hacer por que, ¡sorpresa! La familia terminó en el patio de la casa.

De inmediato, entra el locutor, aconsejando que “ahora usted no tiene que privarse de las vacaciones que merece”, todos se alegran y la imagen del patio, Screen Shot 2014-05-26 at 9.38.20 AMes sustituida por la misma familia, disfrutando en un hotel de playa, un “resort” de esos bien bonitos todo incluido. El “todo incluido”, incluye admiración y agradecimiento hacia el papá, quien ahora si luce como el héroe de su querido clan.

¿Saben a cual comercial me refiero? Se que es difícil señalar uno, por que conozco al menos tres igualitos, uno en dibujos animados y dos con actores de carne y hueso. Está claro, que el concepto es tan original como preguntar, en un concierto de esos de birra en mano y bronceado camarón, por la ubicación de las solteras, de los solteros o de los que van a llegar a las 4 de la mañana.

No voy a ser hipócrita, regálenme cualquier día de la semana una estadía en un resort bonito. Gracias. Pero de repente, me puse en las sandalias del chiquillo que veía a su papá con cara de insulto por que lo había llevado al patio de la casa… y vieran que algo no calzó. Algo no calzó y por mucho, por que vía express, desde mi pasado, se vinieron en manada MIS recuerdos del patio de la casa.

¿Saben qué? Mis recuerdos venían chorreando risas de todos mis primos, pringando todo con agua fresca de mangueras, manchando las paredes con Screen Shot 2014-05-25 at 6.09.41 PMcosas de picar y parchones verdes de zacate. Inmediatamente estaba sonriendo y les puedo jurar, que el aire se me llenó del olor a la carne asada que hacía mi papá sobre el asador (asador, por cierto, de aro de llanta y varillas, antes no se veían tantos “grills” en las tiendas); a pesar de ser vegetariano ya durante veinte años, el olor me sigue trayendo buenos recuerdos.

El famoso patio tenía piscina, de güilas, de esas de inflar, donde el agua le llega a uno a media espinilla, pero se chapoteaba en ella durante horas, como si se estuviera cruzando el canal de la mancha. Eso sí, luego del almuerzo había que hacer campo, por que más de un tío caía en ella, birrita en mano, a remojarse la humanidad junto con los chiquillos, mientras su panza sobresalía del agua, como una isla extraña a la cual llegaban los juguetes que flotaban por ahí, como atraídos por una extraña fuerza de gravedad.

Y ese era, básicamente el epicentro de un fin de semana sin gramo de estrés, agreguen a la mezcla, el radio en algún banco cercano y la tarde tibia, que discurría sin prisa. Pregúntenme si alguno tenía que usar brazaletes, tiquetes o algún otro tipo de objeto que nos hiciera clientes VIP de semejante alegría.

El paquete vacacional, incluía entretenimiento nocturno. Nunca faltó la tienda de campaña en medio patio, una verdadera suite presidencial que transformaba la ocasión en algo digno de ser recordado; rellena de chiquillos a los que no les importaba que sus camas fueran colchonetas en el suelo, ansiosos de compartir esa aventura doméstica. Y para rematar, les aseguro que mi mamá había desarrollado el arte de contar historias de miedo a tal punto, que más de un estudio se desearía alguno de sus guiones. Cuando caía la noche, las familiares ramas del árbol de guayaba del patio, se transformaban en siluetas de dedos macabros que, a través de las paredes de la tienda de campaña, terminaban de ponerle emoción a la noche. Sabíamos lo que venía, pero nos encantaba asustarnos, hay que admitirlo.

 

Todos estos recuerdos desfilaron en cuestión de segundos, como un segmento nostálgico de alguna serie televisiva, de esos que simulan estética de proyector, con colores lavados y tremendo aire de nostalgia por recordar quienes solíamos ser, antes de que siguiera ocurriendo eso llamado “vida”.

 

¿Saben que? Volviendo a ese momento de zapping interruptus; me sorprendí sonriendo frente al tele, no poniendo la cara de insoportable del güila del comercial. Si, odié el anuncio, pensando en el número de gente que podía verse convencida de que, efectivamente, unos padres que se divierten con sus hijos en el patio, son dignos de recibir muecas similares a las de haberse topado con un gato muerto en media olla.

Repito, nada en contra de unas vacaciones en un hotel de lujo y ciertamente, todo a favor de ofrecerle algo lindo a los hijos, salir de la ciudad y demás; pero la línea es muy delgada, ridiculizar lo que podrían ser de los mejores recuerdos que uno puede construir, no es más que demostrar pequeñez de mente y fomentar esa maña asquerosa, de valorar a la gente (padres de familia incluidos), por las cosas materiales que puedan darnos.

Yo, por mi parte, nunca dejaré de agradecerles, el haberme ofrecido semejantes torturas en el patio.

– Walter Campos