¡NO LEA ESTE LIBRO!


¡No lea este libro!
¡No lea este libro!

Este libro que tengo en la mano, es un libro que instantáneamente, le teñiría las canas de un color verde vómito, a padres y maestros. A la par, tengo uno que, de acuerdo con varias instituciones religiosas, tiene cierto tufo a azufre, además de la capacidad de mandar a mi alma en un bus express al carajo, con una única parada en ese lugar en donde, por pura diversión, hay diablillos chingos y rojos punzándole los genitales a todos con tenedores largos y afilados.

Que no se me olvide, hechos un sándwich, entre esos dos, hay varios libros más que, sin ningún orden en particular  causarían: una hinchazón de hemorroides a ciertos grupos pro libertad de expresión, un furioso tic en el párpado a todos aquellos con tendencias políticas de izquierda y por qué no, una rasquiña marca diablo en cada centímetro cuadrado de la piel de muchos que se consideran el non plus ultra del buen gusto literario, dicho en tico, la última chupada del mango, en lo referente a cultura y sentido artístico.

Detrás de cada vez que a uno le puedan decir: “No lea este libro”, hay un interés particular. Quienes le pronuncian a uno ese “No” rotundo en la cara, así en cámara lenta y todo, no quieren que lo que haya en ese libro, germine en nuestro cerebro y, de alguna manera, eche raíz en nuestra forma de pensar, de ver el mundo y, en última instancia, de actuar.

No digo que cada persona que pretende evitar que un libro llegue a hacer nido entre nuestras manos, vista botas de cuero alto y haga el paso de ganso al marchar, mientras grita “¡¡Hail Reprrresionn!!”; puede haber buenas intenciones detrás de ese deseo de que no nos vayamos de turistas entre los párrafos y páginas alguna obra en particular; pero definitivamente, eso de construir una muralla entre una persona y un libro, no es casualidad. Por alguna razón, quieren quemarnos el pasaporte e impedirnos el viaje.

Tampoco lo más descarado que se haya escrito...
Tampoco lo más descarado que se haya escrito…

No es algo nuevo, se los aseguro. Por cada persona que se desde hace un par de años se desgalilla gritando cómo, a causa de las 50 Sombras de Grey, la sociedad se va a descarrilar por el precipicio de la lujuria, hubo 10 o 20 a finales del siglo 18, a los que les quiso dar un angor pectoris cuando el Marqués de Sade publicó sus trabajos, cada página de los cuales  chorreaba, no sólo sexo, sino un descarado dedo medio levantado hacia todo lo que la sociedad consideraba normal y decente.  Por cierto, a manera de anotación breve, cualquier aventura sexapilosa de esa trilogía, parece un cuento infantil narrado por la más dulce de las abuelitas, comparada con estas otras obras viejas de hace un par de siglos. Sólo decía. No se crean que, por ser

Marqués de Sade
Marqués de Sade

de este siglo 21, somos los más atrevidos, vanguardistas y revolucionarios. (Adjunten caricatura de teen princess, en meme si quieren, con texto que rece: “¡Cómo! ¿No somos doña toda los de esta época?” Esteeeee, nop. Para nada) Sigamos.

Tampoco es algo exclusivo del pantanoso terreno del “decoro y las buenas costumbres”. Jadeos y sudor aparte, muchos otros libros se han querido prohibir o regular, no tanto por su contenido carnal, sino por sus ideas sobre cómo deberíamos vivir nuestras vidas. En eso, todas las religiones institucionalizadas tienen un admirable currículum, lleno de intentos creativos y drásticos sobre cómo hacer para que X o Y libro “nefasto”, no desvíe al rebaño del camino más compatible con lo que ellas piensan que debería ser “una buena persona”. Así, si un libro perteneciente a otra fe que no es la nuestra, se nos atraviesa en el camino (sin importar que hayan sido nuestros santos ejércitos, los que se “atravesaron” en medio del país de otros), no era nada raro que dicha obra terminara siendo abono orgánico, ceniza o excusa para mandar a alguien de una vez por todas al otro lado.

Pero antes de que a más de un anárquico le entren ganas de salir en carrera a prenderle fuego a la sotana de algún sacerdote (con todo y sacerdote dentro de ella), o a un imán musulmán, o a un monje budista para tal efecto; es preciso aclarar, que no todos los libros son las víctimas de la historia. Como si fuera una película de Fincher, muchas veces quien hace más carita de “soy una pura ternura”, es en realidad, la fruta podrida de la cosecha. Hay libros que pretenden elevar a una raza por encima de otras, libros que enseñan cómo deshacerse de las mujeres por brujería, tomos completos dedicados a probar el por qué las preferencias sexuales de alguien, lo hacen digno o digna de ser echado de esta sociedad con un patadón “this is Sparta style”. Si, no todos los libros son “inocentes”, si se desea usar una palabra ambigua y manoseada.

El asunto es, ¿qué hacer con estos libros a los que les ponen una gran capucha encima que dice “No Leer”? Mi humilde opinión: leerlos. Siento que en pocas ocasiones es tan importante tener una opinión propia y bien fundamentada, como cuando un grupo, cualquier grupo, une esfuerzos para evitar que uno hunda las narices en las páginas de una obra literaria.

– “Que mirá, es por tu propio bien, no queremos que leás esta bazofia.”

Pues gracias por menospreciar mi capacidad de juicio y de tener mi propia opinión. No me cuente la película, no me tiña el libro con su forma de ver las cosas, déjeme remojar mi propio cerebro en lo que el autor o los autores querían decir.

Al final, si a uno se le llena de ampollas la epidermis por la rabia de lo que acaba de leer, pues bienvenido sea el sentimiento  de ahogo, ahora será más fácil tomar partido en pro o en contra de lo que “se dice” por ahí. Asomarse a la mente de un enemigo, de alguien con quien uno no quisiera compartir ni el mismo aire del ascensor, también es útil, pues conviene saber a qué ideas nos enfrentamos.

Y si hablamos de mentes jóvenes, más provechoso sería, que los padres, profesores o encargados, se tomaran en serio la tarea de servirles de guías turísticos entre cada renglón; para luego escucharlos, hablar como la gente y hacer un poquito eso que llaman crianza.

– Walter Campos

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